Gipi Visconti
Consejos·21 de julio de 2026

Por qué deberíamos escuchar a los niños cuando insisten

Un episodio cualquiera entre una madre y su hijo durante un ejercicio de lectoescritura se convierte en el punto de partida de una reflexión sobre la escucha verdadera, esa capaz de reconocer cuándo un niño tiene razón.

Estaba en el ordenador, y mi hijo acababa de abrir un cuaderno nuevo de lectoescritura, hecho con cuidado, con pocas palabras por página, imágenes claras y puntitos que seguir. Se había sentado solo, concentrado, con la actitud de quien quiere hacer bien las cosas.

Yo estaba en la habitación, pero con la cabeza en otra parte: contestaba un correo y miraba otra cosa, sin entrar en lo que él estaba haciendo. De vez en cuando levantaba la vista y decía "muy bien", por decir algo.

Luego llegó la segunda página, dividida en dos partes: arriba imágenes con puntitos, abajo palabras con puntitos. Él se detuvo, hojeó el libro adelante y atrás y llegó a una página más avanzada. "Mamá, tenemos que usar esto de aquí para hacer esto", me dijo.

Yo, sin mirar bien, le contesté: "No, cariño, te equivocas, sigue adelante." Él insistió: "No, mamá, mira, lo pone aquí." Y yo me puse rígida, con la mirada a medio camino entre él y la pantalla: "Haz lo que te he dicho."

No se rindió. Volvió atrás, señaló, intentó explicármelo; y cuanto más insistía, más me irritaba yo, hasta que levanté la voz: "Te he dicho que es así, basta." Silencio. Luego los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no se detuvo: siguió, bajito, "Mamá, pero es así, está bien."

Y ahí pasó algo. Me detuve, cerré el ordenador, y lo miré por primera vez en esos minutos con atención de verdad. "Enséñame."

Volvió a coger el libro, regresó a esa página, y leyó las instrucciones despacio, pero las leyó. Y tenía razón, del todo: esa segunda parte del ejercicio se hacía usando los elementos de una página más adelante. Él había leído y había relacionado lo que hacía falta; yo, en cambio, había dado por hecho que tenía razón, y lo había corregido sin siquiera mirar.

Se me encogió algo por dentro, y me sentí pequeña delante de él. "Cariño, perdóname", le dije, sencillamente, sin justificarme. "Me he equivocado yo, no te he escuchado." Lo abracé fuerte: "Tenías razón. Has leído y has insistido hasta que te he escuchado: has hecho algo precioso."

Él se apoyó en mí y, entre lágrimas, me dijo una frase que se me ha quedado grabada: "Me he sentido equivocado."

Y ahí lo entendí todo. No era solo un ejercicio: era confianza, era su manera de decirme que estaba creciendo y que necesitaba que le creyeran, antes incluso de ser corregido.

Retomamos juntos, esta vez con atención de verdad. Él hacía los ejercicios con calma, los relacionaba, leía; estaba concentrado y tranquilo. Yo decía poco, miraba: aprendía.

Un niño que insiste, raras veces lo hace por capricho: ha visto algo, ha relacionado piezas, y solo pide que alguien se pare un momento a mirar con él.

La próxima vez que un niño insista en decirnos algo, quizá la pregunta correcta no sea quién tiene razón, sino qué pasaría si nos parásemos a mirar antes de responder.

Gipi Visconti

Creo libros ilustrados para niños que empiezan a leer

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