Gipi Visconti
Personaje·27 de julio de 2026

Quién fue Leonardo da Vinci y por qué su curiosidad puede inspirar a un niño

Leonardo da Vinci llenaba sus cuadernos de preguntas, observaciones y proyectos, porque cada detalle del mundo le parecía digno de ser comprendido. Su historia muestra hasta dónde puede llegar la curiosidad de un niño.

Leonardo nació el 15 de abril de 1452 en Anchiano, una pequeña aldea cercana al pueblo de Vinci, hijo de un notario y de una joven campesina que nunca se casaron. Ser un hijo ilegítimo, en aquella época, significaba quedar excluido de muchos caminos tradicionales, como la universidad o la profesión notarial que su padre habría querido transmitirle; quizá esa exclusión le dio una libertad de la que pocos niños de su tiempo podían disfrutar.

Siendo todavía joven, se trasladó con su padre a Florencia, donde entró en el taller de Andrea del Verrocchio, uno de los artistas más apreciados de la ciudad. Allí aprendió a pintar, esculpir, trabajar los metales y construir máquinas, y permaneció durante años antes de comenzar a trabajar por su cuenta.

Era zurdo y escribía de derecha a izquierda, por lo que sus páginas se leen bien únicamente con un espejo. Durante siglos se creyó que lo hacía para ocultar sus secretos, pero la explicación más sencilla es que, al ser zurdo, escribir de ese modo le permitía no emborronar la tinta con la mano al desplazarse por la hoja. Esa escritura invertida sigue siendo uno de los detalles que más despierta la curiosidad de los niños cuando descubren quién fue Leonardo.

Y fue en sus cuadernos, miles de páginas que hoy conocemos como los Códices, donde Leonardo dejó todo lo que pasaba por su mente. No era un artista que se limitara a pintar: observaba el vuelo de los pájaros y diseñaba máquinas capaces de planear, estudiaba el cuerpo humano para comprender cómo funcionaban los músculos y el corazón, e imaginaba diques para desviar los ríos, puentes giratorios, mecanismos e incluso un caballero mecánico que podía moverse solo. En aquellos años también dibujó el Hombre de Vitruvio, la figura humana inscrita en un círculo y un cuadrado, que aún reconocemos en todas partes, desde los libros escolares hasta las monedas. Muchas de sus ideas permanecieron sobre el papel porque faltaban los materiales o las técnicas para construirlas, pero muestran cómo veía el mundo: un enorme mecanismo que debía comprender pieza por pieza.

Entre sus obras, La última cena y La Gioconda siguen siendo las más conocidas en todo el mundo. Pintó La última cena entre 1495 y 1499 en una pared del refectorio de Santa Maria delle Grazie, en Milán, mientras trabajaba para el duque Ludovico Sforza; unos años después, al regresar a Florencia, comenzó el retrato que hoy llamamos La Gioconda, lo llevó consigo durante el resto de su vida y continuó retocándolo. Actualmente, ese pequeño cuadro se encuentra en el Louvre de París, detrás de un cristal que lo protege de los millones de visitantes que acuden a verlo cada año.

Murió el 2 de mayo de 1519 en Amboise, Francia, donde se había instalado por invitación del rey Francisco I. A su lado, hasta el final, estuvo Francesco Melzi, el discípulo al que dejó en herencia todos sus dibujos y apuntes; sin aquella decisión, probablemente hoy conoceríamos mucho menos de su mente.

Contarle la vida de Leonardo a un niño no significa enumerar sus inventos, sino mostrarle a alguien que hacía preguntas sin descanso, que miraba una hoja al caer o un remolino de agua en el río y quería comprender por qué se movía de esa manera. ¿Qué ocurre si dejamos que un niño haga la misma pregunta, sin darle enseguida la respuesta?

El libro "Leonardo Da Vinci", subtitulado "El niño que imaginaba el futuro", cuenta esta historia a los lectores más pequeños de la colección Pequeños Grandes Valientes.

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