Mirar antes de juzgar: la lección que los niños nunca han dejado de darnos
Observo a menudo a los niños mientras escuchan una historia u hojean un libro, y reparo en algo que a los adultos casi siempre se nos escapa: primero viven la experiencia y después dan significado a lo que han visto u oído.
Observo a menudo a los niños mientras escuchan una historia u hojean un libro, y reparo en algo que a los adultos casi siempre se nos escapa: no juzgan de inmediato lo que tienen delante. Primero viven la experiencia; después, si hace falta, dan significado a lo que han visto u oído. No se adelantan a poner una etiqueta, sino que esperan a que el significado surja por sí solo.
Una conversación reciente me llevó a reflexionar sobre ello. Alguien me hizo ver lo incómodo, pero necesario, que puede ser juzgar menos. Y volví a pensar en cómo funcionamos los adultos: ponemos etiquetas antes incluso de haber entendido si algo nos concierne, nos interesa o tiene valor para nosotros. El juicio llega antes que la experiencia, no después.
A partir de ahí nació una pregunta que me acompañó durante días: si elimináramos el juicio, ¿quedaría una valoración más limpia y funcional? ¿Eso nos volvería cínicos?
La palabra cinismo lleva asociada una idea de distanciamiento frío, casi egoísta, como si elegir sin juzgar significara dejar de interesarse por las cosas. Pero quizá no se trate de eso, sino de responsabilidad: de elegir sin cargar cada decisión de moral o de la necesidad de recibir la aprobación de alguien.
A este respecto, me vino a la cabeza un episodio que siempre me ha impresionado: aquel en el que Jesús expulsa a los mercaderes del templo. No negocia, no intenta hacerse entender, no da explicaciones: actúa. Y en esa inmediatez veo algo que no es cinismo, sino claridad; una claridad que nace de haber atravesado la experiencia, no de haberla juzgado desde lejos.
Quizá la cuestión no sea volvernos fríos, sino ir a lo esencial. Volver a mirar las cosas por lo que son antes de decidir qué significan, igual que hacen los niños cada vez que se encuentran ante algo nuevo.
Es un pensamiento que reconozco en mi forma de contar las biografías de la colección Pequeños Grandes Valientes. Cuando presento a los niños una vida real, como la de una exploradora o un científico, no parto de un juicio previo: cuento los hechos y las decisiones, sin ocultar las dificultades, y dejo que cada niño forme su propia opinión. Ninguna etiqueta anticipada, ninguna moraleja escrita en la portada. Solo la experiencia de la historia, antes de cualquier significado.
¿Qué parte de nuestras decisiones es realmente nuestra y qué parte está filtrada por la necesidad de juzgar antes incluso de haber mirado?