Hedy Lamarr, la mujer más bella del mundo que soñaba con inventar
Hay una imagen de Hedy Lamarr que las revistas de Hollywood repetían más que ninguna otra: el rostro iluminado para las cámaras, el pie de foto que la coronaba como la mujer más bella del mundo.
Hay una imagen de Hedy Lamarr que las revistas de Hollywood repetían más que ninguna otra: el rostro iluminado para las cámaras, el pie de foto que la coronaba como la mujer más bella del mundo. Esa fotografía atravesó las décadas, pero siempre escondió la otra mitad de su vida: las noches pasadas inclinada sobre una mesa de dibujo, los papeles cubiertos de esquemas y cálculos, mientras el mundo solo veía un rostro.
De pequeña, en Viena, Hedy desmontaba los objetos para entender cómo funcionaban. Una caja de música, en particular, la obsesionó durante días: la abrió, estudió cada engranaje y la volvió a montar ella sola, solo por el placer de saber qué la hacía sonar. Su padre, que trabajaba en un banco pero amaba la mecánica tanto como ella, la llevaba a pasear por la ciudad explicándole cómo nacían los tranvías y los periódicos. Fue probablemente allí donde aprendió a mirar el mundo como un mecanismo que había que entender, no solo admirar.
Creció hermosa, y el mundo se apresuró a reducirla a eso. Dejó Austria y un matrimonio que la asfixiaba, y llegó a Hollywood con un nombre nuevo y una carrera por construir desde cero. Se convirtió en una de las actrices más deseadas del cine americano, el rostro de películas que todavía hoy se ven. Y mientras las luces de los focos la transformaban en un icono, ella seguía pensando como ingeniera, en silencio, casi a escondidas.
Con la guerra llegó un problema que la tocó de cerca: los torpedos de los barcos aliados viajaban en una única frecuencia de radio, fácil de interceptar y bloquear para el enemigo. Hedy se puso a estudiarlo con la misma obstinación con la que, de niña, desmontaba las cajas de música. Encontró un aliado inesperado en George Antheil, un compositor que conocía a fondo el funcionamiento de las pianolas automáticas, y juntos idearon una manera de hacer saltar la señal de radio de una frecuencia a otra, de forma sincronizada e imprevisible, tan rápido que interceptarla resultaba casi imposible.
Su sistema fue patentado, pero la Marina estadounidense lo dejó guardado en un cajón durante años, sin llegar a utilizarlo nunca mientras ella vivía. Hedy jamás vio un céntimo por su invención, y vivió gran parte de su vida sin el reconocimiento que merecía. Solo mucho tiempo después, cuando ya no podía saberlo, el principio en el que se basaba su patente volvió a salir a la luz: la técnica del espectro ensanchado por salto de frecuencia se convirtió en la base de tecnologías que hoy damos por sentadas cada día, desde el Wi-Fi hasta el Bluetooth, pasando por el GPS.
Hedy Lamarr murió pensando, quizá, que nadie sabría jamás qué se escondía detrás de su rostro más fotografiado. Solo después de su muerte el mundo empezó a llamarla por lo que era: una inventora, antes incluso que una actriz. Quién sabe cuántas otras historias como la suya siguen todavía escondidas detrás de una etiqueta que parece decirlo todo sobre una persona, y sin embargo no dice casi nada.
La historia de Hedy Lamarr es una de las que se cuentan en la colección Pequeños Grandes Valientes, para niños curiosos por descubrir qué se esconde detrás de un rostro famoso.