Gipi Visconti
Personaje·8 de julio de 2026

Michael Phelps de niño: así nace el nadador más laureado de la historia olímpica

Una profesora lo había dado por perdido: demasiado inquieto, incapaz de estarse quieto. Michael Phelps era un niño con TDAH, y en una piscina encontró el espacio para transformar esa energía en disciplina, hasta convertirse en el atleta más laureado de la historia olímpica.

En el colegio, una profesora le dijo a su madre que aquel niño nunca conseguiría concentrarse en nada. Michael Phelps era muy pequeño y en clase no paraba quieto ni un instante: se agitaba, interrumpía, parecía incapaz de seguir una lección hasta el final. A los nueve años llegó el diagnóstico: trastorno por déficit de atención e hiperactividad, el TDAH.

Nacido en Baltimore, en Maryland, el 30 de junio de 1985, Michael era el menor de tres hermanos. Su madre, Debbie, era directora de un instituto y no se resignó a la idea de que aquella energía incontenible fuera solo un problema que corregir. Buscó una manera de encauzarla, y la encontró en una piscina.

A los siete años Michael empezó a nadar, animado también por el ejemplo de sus hermanas mayores, que ya eran atletas. Al principio no le gustaba meter la cara bajo el agua, y aprendió antes la espalda. Y fue en el agua donde aquella energía, que en el colegio parecía un obstáculo, encontró un espacio donde convertirse en algo útil: la concentración necesaria para contar las brazadas y respetar los tiempos, repitiendo el mismo gesto durante horas.

A los diez años ostentaba un récord nacional de su categoría en los 100 metros mariposa. A los once empezó a entrenar con Bob Bowman, el entrenador que lo acompañaría el resto de su carrera en el North Baltimore Aquatic Club. Bowman intuyó pronto que aquel chico tenía un talento poco común, pero nunca lo trató como un fenómeno al que había que proteger. Construyó a su alrededor una disciplina hecha de horarios fijos y entrenamientos diarios, el mismo tipo de estructura que ayuda a muchos niños con TDAH a encontrar un punto de apoyo.

El resto es historia del deporte. Phelps debutó en los Juegos Olímpicos de Sídney en 2000, con quince años, sin subir al podio. Cuatro años después, en Atenas, volvió a casa con seis oros y dos bronces. Pero fue en Pekín, en 2008, cuando escribió una página que nadie había escrito antes: ocho medallas de oro en una sola edición de los Juegos, un récord que superó el de Mark Spitz, que se mantenía en siete desde 1972. Entre Sídney 2000 y Río 2016, el balance final es de 28 medallas, 23 de ellas de oro: ningún otro atleta en la historia de los Juegos se ha acercado jamás a estas cifras.

En los años posteriores a su retirada, Phelps ha hablado abiertamente de las dificultades que atravesó también de adulto, entre ansiedad y depresión, contando cuánto le había ayudado el deporte a gestionar un malestar que en el colegio nadie sabía cómo abordar. Y ha recordado a menudo aquella frase de la profesora que lo había dado por perdido, no para reivindicar una revancha, sino para contarle a quien se siente equivocado que a veces basta con encontrar el lugar adecuado para aprovechar bien lo que se tiene.

Su historia se cuenta también en el libro de la colección Pequeños Grandes Valientes, disponible en Amazon: un relato pensado para los niños que están aprendiendo a leer, que recorre los años en que Michael aprendió a transformar la inquietud en energía, y la energía en disciplina.

¿Cuántos niños reciben hoy la etiqueta de "demasiado" antes incluso de descubrir dónde poner esa misma energía?

Gipi Visconti

Creo libros ilustrados para niños que empiezan a leer

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