El sentimiento de culpa de los padres que trabajan: una reflexión sincera
Cuando el trabajo y los hijos compiten por nuestra atención, basta un compromiso inesperado para sentirnos lejos del progenitor que pensábamos ser. Una reflexión sobre la culpa y la calidad del tiempo compartido.
Hay una llamada de trabajo que todavía hoy vuelve a mi cabeza en los momentos más inesperados: bajo la ducha, mientras espero a que hierva el agua. No era una llamada que pudiera aplazar, o al menos eso me parecía entonces, y mi hijo aún no tenía tres años. Aquella tarde encendí la televisión y lo dejé allí, solo, durante cuarenta minutos que me parecieron interminables.
Antes de tener hijos estaba convencida de saber exactamente cómo irían las cosas. Había observado a otras madres, había leído y escuchado, y me había formado una idea muy precisa de lo que haría y de lo que nunca haría. La televisión antes de los tres años era una de mis reglas inamovibles: ni hablar. Después llegaron los días de verdad, los de los plazos y las llamadas que no se pueden cambiar, y aquella certeza se desmoronó en una tarde cualquiera.
No cuento esto para describir un episodio aislado. Lo escribo porque creo que casi todos los padres que trabajan guardan en algún lugar una escena parecida y la mantienen oculta porque no se sienten orgullosos de ella. La cuestión no es la televisión en sí, que probablemente no causó ningún daño real. La cuestión es esa sensación precisa de haber traicionado una idea de uno mismo, de haber aceptado un compromiso que uno había jurado no hacer jamás.
Y quizá esta sea la parte más difícil de aceptar: las convicciones que construimos antes, cuando los hijos todavía eran solo una posibilidad, casi nunca resisten el contacto con la realidad. No porque fueran equivocadas desde el principio, sino porque nacieron en un contexto que aún no había tenido que vérselas con un trabajo que no espera y con noches que se acortan sin pedir permiso. Quien todavía no tiene hijos imagina la crianza como una serie de decisiones que hay que tomar bien; quien ya los tiene sabe que consiste, sobre todo, en una serie de compromisos que hay que gestionar, día tras día, sin manual.
En todo esto, el sentimiento de culpa es una compañía constante y un poco injusta, porque siempre nace de compararnos con una idea de progenitor perfecto que no existe, y no de lo que realmente hemos hecho por ese niño durante miles de horas y de días. Una tarde delante de la televisión pesa más en la memoria que meses construyendo torres de cojines o leyendo el mismo cuento por décima vez. No es una cuestión de lógica: la culpa siempre elige los episodios más incómodos para recordarlos y deja que todo lo demás se desvanezca.
Lo que he aprendido, si es que he aprendido algo, es que el tiempo con los hijos no se mide restando errores, sino por la calidad de lo que queda cuando estamos presentes por completo. Un libro leído juntos por la noche, con toda la atención que ese momento merece, vale más que diez tardes distraídas, incluso sin una televisión de por medio. Contarle un cuento a un niño, con la voz adecuada y el ritmo adecuado, es uno de los pocos momentos en los que ninguna llamada consigue entrometerse: durante esos diez minutos estamos allí, y nada más.
No sé si algún día le contaré a mi hijo lo de aquella tarde delante de la televisión. Tal vez sí, cuando sea lo bastante mayor para entender que los padres, incluso quienes escriben libros infantiles, siguen siendo personas que se equivocan y que vuelven, la noche siguiente, a leer un cuento con toda la atención que habían prometido.